– ¿Cómo viene la temporada?
– Este año tuvimos una cosecha récord de cerca de 9,2 millones de kilos, con lo cual llegamos a algo menos de la mitad de la cosecha de la región, que ronda los 20 millones de kilos.
– ¿Todo lo trabajado fue cosecha propia?
– Nosotros este año trabajamos en 800 hectáreas propias y alquilamos otras 100 hectáreas, que trabajamos prácticamente como propias. También compramos un poco de uva a productores de la tercera etapa (de El Chañar) y otro poco en Río Negro, cuando veíamos algo que nos parecía interesante, pero estamos hablando de menos del 1%. El 98% es uva de El Chañar.
– ¿En que se tradujeron estos 9,2 millones de kilos a nivel producción?
– Hay que sacar la cuenta, 1,4 kilos de uva se transforman en un litro de vino. Eso da unos 6,5 millones de litros.
– ¿Qué significa este volumen en relación al año pasado y en términos de mercado?
– En cuanto a volumen arrancamos el año con un muy fuerte crecimiento. Después se frenó un poco por falta de stock. Nosotros habíamos arrancado la cosecha prácticamente con la bodega vacía, así que necesitamos regular un poco para no producir quiebres de stock, lo que nos llevó a tener ventas menos explosivas de lo que podrían haber sido. Por otro lado hubo un reacomodamiento de los precios conseguidos. En las exportaciones tuvimos, en precios, un crecimiento del 18% y en volumen del 12%, lo que significa que en exportaciones FOB estuvimos casi 30% arriba. La elasticidad de nuestras marcas nos permitió, de alguna manera y por ahora, trasladar a precios los mayores costos.
– ¿Este crecimiento responde a que el polo de El Chañar todavía no llegó a su producción plena?
– Creo que el Polo tiene todavía mucho por crecer. La Patagonia es hoy sólo el 2% de la producción argentina, pero se consolida muy fuerte el concepto de región. Creo que el nicho de vinos patagónicos seguirá creciendo. El gran limitante hoy no es la demanda sino la oferta, la producción.
– ¿La producción primaria?
– La primaria y la elaboración. Cuando hablamos de una designación geográfica la materia prima tiene que ser del mismo origen. Y la Patagonia esta llegando a su techo productivo. A diferencia de otras regiones, como Mendoza, nosotros no podemos simplemente comprar más producción, sino que tenemos que avanzar hacia nuevas tierras. Y esto es, literalmente, inversión sobre el desierto, lo que demanda en promedio invertir unos 20 mil dólares por hectárea. Solamente el sistema de protección contra heladas, que es necesario si se quiere garantizar producción, representa 8 mil dólares por hectárea. Los costos para crecer son muy altos. Después tenemos el riego presurizado, que significa un alto costo de energía. Y si nos expandimos hacia el desierto también hay que llevar infraestructura, agua potable, electricidad. Es una colonización.
– ¿Existe para estos desarrollos la posibilidad de trabajar en forma conjunta con productores primarios?
– Lo ideal es siempre trabajar con pleno control del viñedo, pero sería posible trabajar con estándares de calidad, con indicación técnica directa. De hecho lo hacemos en El Chañar. Pero el problema sigue siendo el mismo, depende de la inversión en los viñedos y, seguramente y tratándose de una actividad naciente, es probable que un productor independiente evalúe si después encontrará comprador seguro para su producto. No hay tantas bodegas.
– ¿Qué rol jugó el Grupo Eurnekian en el crecimiento de Fin del Mundo?
– En determinado momento evaluamos la necesidad de capital para expandirnos, no sólo a nivel patagónico, sino nacional y encontramos en el Grupo Eurnekian un socio de gran calidad a nivel empresa, gente con la que nos entendimos muy bien, lo que es importante en este tipo de empresas familiares.
– ¿Cuál fue el aporte del Grupo además del capital?
– Experiencia y profesionalismo en el manejo empresario y respaldo, aval. Además, los lugares a los que llega Eurnekian en la Argentina fueron una puerta de entrada para la Bodega, desde La Rural a los Aeropuertos. Nos dio mucha exposición y revalorizamos la marca, que es lo que buscábamos.
– ¿Qué cambios observa en los mercados internacionales a partir de la crisis en Estados Unidos primero y en Europa después?
– Estados Unidos nunca dejó de ser un buen mercado. Es un país tan grande que siempre hay un nicho. Seguimos creciendo aun en plena crisis. Incluso la crisis fue una oportunidad. Somos un país emergente en los mercados internacionales y nuestros precios, que son competitivos, se volvieron mucho más competitivos cuando la gente perdió poder adquisitivo. Esto le abrió una ventana enorme al vino argentino y a los patagónicos.
– ¿Y Europa?
– Creo que el contexto allí será diferente, que la crisis pegará mucho más duro. Ya lo vimos el año pasado en países como Dinamarca, por ejemplo, donde fueron evidentes los problemas financieros de los importadores. Además, nos manejamos con listas de precios en euros y tuvimos que subirlos, no sólo por la devaluación frente al dólar, sino por nuestros aumentos de costos en dólares. En cambio, los vinos europeos no subieron en euros. Esto nos genera una pérdida de competitividad. Por otro lado, España como país productor venía con una gran crisis en ventas y este año, se está mostrando al mundo con enormes cantidades de vinos de buena calidad que seguramente saldrá a vender con precios muy bajos. El gran competidor que puede tener la vitivinicultura mundial este año es España.
– ¿Cómo se distribuyen sus exportaciones?
– Un 50% o un poco más va a Estados Unidos. Es un mercado importante y con un techo que todavía no encontramos. Canadá y Brasil son clientes importantes, aunque a Brasil la crisis financiera le pegó muy fuerte en 2009, los importadores tenían una tasa de interés altísima en los bancos. México crece. En Europa pesan Alemania, Finlandia, Bélgica y Holanda
– ¿Y cuánto de su producción va al mercado interno?
– Para nosotros el mercado interno es el más importante, representa alrededor del 60%.