Producción
 

Sobre los orígenes de El Chañar

05/05/2010 

El largo exilio de los Gasparri

Javier Avena, autor de una reciente investigación sobre la vida y ocaso económico de Roberto Gasparri, uno de los innovadores de la fruticultura norpatagónica y quien se atrevió a soñar una colonia agrícola en el por entonces desierto de San Patricio del Chañar, recorre a través del presente de la familia Gasparri, algunos de los hitos de la historia y la mística de   un pionero. Fernando, el hijo menor de Roberto, tiene un polirubro en Misiones. Claudio, el mayor, dos comercios similares en Salta. Ana María Orozco, su compañera de toda la vida, vive en Río Cuarto. Ninguno quiso regresar al oasis productivo que desarrolló Roberto Gasparri en el desierto neuquino.
por Javier Avena
Le dicen el hombre del libro. No fue difícil encontrar el mote: siempre lo ven pasar con uno bajo el brazo rumbo al café o el restaurante. Allí, en Oberá, no conoce a nadie como para compartir los desayunos o los almuerzos. Y entonces elige leer. A solas. Hasta que llega la hora de volver a trabajar.
¿Qué hace Fernando Gasparri 20 días al mes en esa localidad misionera de 90.000 habitantes? Se gana la vida. La suya podría haber sido la historia del hijo que toma las riendas de la empresa, pero a los 51 años se gana la vida con un polirubro, el sucesor del todo por dos pesos que sucumbió con la devaluación. Es un local amplio ubicado en el centro de la ciudad, con toda clase de productos económicos que trae de Buenos Aires. Allí, al fondo, construyó un cuarto con machimbre. Tiene una cama, una heladera y un televisor. Y a veces no sale y se queda a leer ahí.
Después, cuando ya ha juntado el efectivo suficiente para reponer el stock, emprende otro largo viaje. De Oberá a Río Cuarto, 1.250 km para estar una semana con mujer Mónica y sus hijos, Emilio (13) y Lucía (7). Y luego a la Capital Federal para comprar la mercadería. Y de ahí otra vez hacia el norte a comenzar de nuevo el ciclo.
 
Paradojas
Los Gasparri llegaron a Río Cuarto pocos días después de que se decretara la quiebra de la empresa familiar, en 2001. La firma, que había llegado a ser una de las frutícolas más importantes del Alto Valle con más de 1.500 empleados en la temporada, se desbarrancó por una combinación de razones. La Convertibilidad que estranguló al sector en los '90 y la decisión del ingeniero de sostener el desarrollo del nuevo polo productivo en El Chañar aún a costa de financiar un proceso a largo plazo con tasas devastadoras a corto plazo, son dos de ellas. La sorpresiva intransigencia del Banco de la Provincia del Neuquén fue decisiva: pese a que los bancos privados daban su acuerdo al concurso, el BPN se opuso, sin haber dado señales en las negociaciones previas. Como principal acreedor –5 millones de capital y 11 de intereses– le bajó el pulgar y lo condenó al remate. Por entonces era presidente de la entidad Luis Manganaro, cuyo padre había sido despedido de Gasparri Hermanos tras una fuerte discusión con el gerente general.
La paradoja es que el BPN había jugado un rol fundamental cuando empezó el sueño de transformar en un oasis productivo aquellas 20.000 hectáreas de monte virgen 55 km al norte de la ciudad de Neuquén. A comienzos de los años ‘70 aportó préstamos a los primeros compradores de los lotes de entre 5 y 25 hectáreas de la flamante colonia agrícola. Y fue ese mismo banco el que brindó alrededor de 400 millones de pesos en créditos a los empresarios del polo bodeguero que desarrollaron sus propios proyectos en las tierras de la tercera etapa una vez que Gasparri ya no estaba allí. Al principio y al final, el Estado funcionó como agente de desarrollo a través del BPN. En el medio, le bajó el pulgar al creador de la zona productiva más taquillera de la provincia.
 
"24 hs para desalojar"
-Teníamos que irnos rápido de Cipolletti. A papá no le hacía bien quedarse ahí. Además, no teníamos dónde quedarnos. Yo vivía con mi familia en una casita en la avenida Toschi. Y vino un síndico y dijo que sino la desalojábamos en 24 horas iba a tener que venir con la policía –recuerda Fernando. Su padre consiguió algo más de tolerancia: les pidió a los síndicos que les dejara tener unos días más los muebles en el chalet en el que vivieron 8 años en Cipolletti en la “La Juana”, una chacra de 60 hectáreas bautizada así en homenaje a su abuela, hasta saber dónde llevarlos.
-Tómese su tiempo, ingeniero –le contestaron.
En aquellos días de vértigo, hubo un cónclave familiar para elegir un nuevo destino. La primera conclusión fue buscar una ciudad dinámica como para empezar de nuevo con un comercio. Mónica propuso Río Cuarto. Allí tenía una amiga que podía darles una mano, dijo. Claudio, el hijo mayor de los Gasparri, que ya había empezado su propio camino en el mundo de los polirubros en Salta, aprobó. Y hacia allí partieron.
 
Todo por 2 pesos
Los 1.000 km hasta Río Cuarto fueron penosos. Roberto Gasparri, el hombre que se iba del Valle al que había aportado innovaciones tan importantes como los bines, no se sentía bien y hubo que detener la marcha en varias ocasiones para que se recuperara.
En la ciudad cordobesa alquiló con su mujer un departamento de dos ambientes en pleno centro. Y a 150 metros Fernando rentó un amplio local para instalar un negocio de todo por dos pesos. Después de varios meses de muy buenas ventas, la brusca devaluación que se festejaba en el Alto Valle y que les hubiera permitido salvar a su propia empresa, obligaba a replantear la estrategia en Río Cuarto: sin el uno a uno el negocio perdía sentido. Optaron por reconvertirlo en un polirubro.
Mientras Río Cuarto se aprestaba a vivir el boom sojero, en el Valle se remataban sus chacras a valores irrisorios: 1.035 hectáreas a 836.000 dólares, a razón de 807 dólares cada una, que quedaron en poder de Expofrut. Y La Juana, la chacra de 60 hectáreas con un confortable chalet, quedó en manos de un estudio de contadores por 54.000 dólares. En Córdoba, Roberto Gasparri había encontrado dos nuevas ocupaciones: recibir los bolsos de los clientes y ponerlos en un armario y revisar el stock, hacer los números y proponer nuevas estrategias de venta apenas el local cerraba sus puertas. De paso, se olvidaba por un rato de El Chañar.
Pero no del todo. Y como no lograba que le atendiera el teléfono alguien a quien llamaba con insistencia, decidió viajar a la localidad neuquina. Al volver a Río Cuarto describió con lujo de detalles lo que vio: los viñedos, las bodegas, las chacras. Aunque aquellas tierras ya no eran suyas, sentía ese florecimiento como un triunfo propio.
-No sabés qué lindo está todo. Nosotros no hubiéramos podido hacerlo, no teníamos apoyo –le dijo a su mujer, Ana María. También probó una de las primeras cosechas.
-Rico vinito -le dijo al enólogo.
 
“Dios sabrá si lo he hecho bien”
Festejó sus 80 años en el restaurante Antonella de Río Cuarto. Fue, acaso, una de sus últimas grandes noches. No se enojó como cuando le prepararon una fiesta sorpresa a los 60 en Cipolletti. Dos décadas después sí tenía ganas de celebrar. Se fundió en un interminable abrazo con Fredy Trasarti, su primo y otro de los pioneros de El Chañar y luego alzó su copa.
-Lo esencial en la vida es poner lo mejor de uno para hacer las cosas bien, no importa lo que uno haga. Antes tuve tareas de mayor responsabilidad, y Dios sabrá si las he hecho bien. Ahora ayudo en el negocio y trato de hacerlo con una sonrisa –dijo a la hora del brindis.
-También quiero agradecerle a la vida por la compañera que me ha dado –agregó.
Luego de ese cumpleaños feliz su salud se deterioró. Debió trasladarse en silla de ruedas y por eso se mudaron a un departamento de tres ambientes con un pasillo más amplio, para que pudiera circular. Falleció el 14 de noviembre de 2004, a los 82 años. A su velatorio en Córdoba asistieron su mujer, su hijo, su nuera y los cuatro empleados del comercio. Al día siguiente sus restos fueron trasladados a Mar del Plata para descansar junto a los de su madre, su última voluntad. Claudio llegó a tiempo desde Salta para sumarse a la despedida.
 
Persianas bajas
Poco después, la economía familiar se complicó cuando los dueños del local pidieron un monto demasiado alto para renovar el alquiler. Luego de otro cónclave familiar, se decidió cerrarlo.
Era necesario conseguir otro ingreso. Fernando Gasparri intentó conseguir un puesto en una feria de Río Cuarto, pero no lo logró. Luego se comunicó dos veces con un empresario vitivinícola que alguna vez le había dicho que con él nunca se quedaría sin trabajo. Quería ser el representante en la provincia, pero no hubo caso. La primera vez, recuerda, le dijo que no tenía stock. La segunda, que ya tenía un agente en Córdoba.
Después de una conversación con su hermano se animó a probar suerte con un polirubro, pero en el noreste. Mientras Claudio tiene sus comercios en la provincia de Salta, Fernando eligió Misiones. Y aunque regresó varias veces a Cipolletti, nunca quiso volver a San Patricio del Chañar.
–Hay cosas que prefiero no ver –dice. Su madre tampoco quiso regresar. Los dos hermanos se visitan a menudo: descubrieron que hay productos que no andan en Oberá y sí en Tartagal. Y a la inversa. Entonces, se pasan la mercadería.
 
Homenajes
Aquí están ahora está cálida mañana de fines de abril Ana María y su hijo, en la casa de Río Cuarto que Roberto Gasparri compró con lo último que le quedaba: el seguro de retiro que había pagado durante toda su vida. La dividieron en dos: en el sector izquierdo se instaló Fernando con su familia. En el derecho, Ana María.
Hay una mesa con café, tostadas y anécdotas. La razón: el intendente de San Patricio del Chañar, Ramón Soto, ha venido a visitarlos. Lo hizo como una prolongación del reconocimiento de la comuna al hombre que creó El Chañar. Es hijo de un albañil que trabajó con Gasparri en la primera etapa.
Trajo un mapa enmarcado con la traza de la avenida que desde hace 5 meses lleva el nombre de Roberto Gasparri, 10 ejemplares del libro “El visionario”, su biografía, el video del acto realizado el 13 de noviembre en la Escuela 273 de El Chañar a cinco años de su muerte, una placa recordatoria, la carta del colegio secundario que también quiere llevar su nombre y otra misiva de un ex trabajador de la empresa que recordaba aquellos viejos buenos tiempos y se lamentaba de que Ana María Orozco no hubiera estado hace cinco meses en el salón principal de la 273.
Cuando leyó esa última línea, la dueña de casa se emocionó. Luego invitó a sus visitantes a almorzar.
Afuera, los edificios lujosos demuestran que el boom sojero dejó sus huellas, como las 4x4 y las máquinas agrícolas de última generación. Es un día de sol en la ciudad que los Gasparri eligieron para empezar de nuevo. Al almuerzo se sumarán Emilio y Lucía, contentos de tener cerca a su papá durante unos días. Y Mónica, la mamá, que recuerda cada una de las conversaciones en el escritorio de “La Juana” en las que se decidió el destino de las tierras de la tercera etapa.
Ahora, nueve años después de la partida, tienen ganas de volver a El Chañar. Será el 21 de mayo, cuando la escuela secundaria pase a denominarse Ingeniero Roberto J. Gasparri. Será entonces un tiempo de reencuento con la zona que cambió su destino cuando un inquieto emprendedor se lanzó a la hermosa aventura de desarrollarla cuatro décadas atrás.
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